
No es ningún secreto para nadie que no me gustan estas fechas. De hecho no siempre ha sido así, esto viene de hace cosa de unos cuatro años para acá. Hace muchos más años en realidad que dejaron de gustarme, pero aún mantenía la ilusión, me levantaba muy temprano el día de reyes deseosa de abrir los regalos… Pero eso se fue, se esfumó. Ahora me levanto a media mañana, más tarde quizás si sé que voy a estar sola. He perdido esa ilusión y la he perdido porque he visto que en estas fechas, todo eso que se prodiga no es más que una fachada en la que ocultar el burdo consumismo en el que realmente se basa todo.
Vale, sí, ¿a quién no le gusta abrir sus regalos la mañana de reyes? Lo admito. Pero... Me paro a pensar y llego a la siguiente conclusión: Realmente sería mejor dar parte del dinero de mis regalos a cualquier asociación benéfica y recibir menos, porque tendría la satisfacción de saber que se ha ayudado a gente que realmente lo necesita y eso me llenaría más. Suena a tópico y muchos pensaréis que es falso, pero realmente lo siento así.
Claro que por otra parte también veo la intención de los regalos y analizo el porqué me los dan y hago balance del año y pienso en cómo ha sido con aquellas personas que me brindan obsequios el seis de Enero y entiendo que me regalen cosas y entiendo el que yo se las regale a ellos.
Con el paso de los años he descubierto que los regalos, sobre todo los de la familia, se hacen (consciente o inconscientemente) con el fin de compensar esas pequeñas faltas, riñas o exigencias que se producen durante todo el año. No sólo se pretende demostrar amor con ellos sino que son una disculpa intrínseca por esos fallos que todos cometemos a lo largo del año con nuestros seres queridos porque no somos perfectos y también van con afán de poder dar a aquellos a quienes queremos todo lo que quieren, lo necesiten o no.
Sí, ese es un sentimiento realmente sincero, puro y lleno de bondad y buena voluntad. Al menos en su mayor parte, porque realmente considero que podría afirmar en alguna que otra persona que es la excepción con la que se confirma la regla.
Sí, me gusta recibir regalos como a cualquiera, sí, disfruto de las caras de mis seres queridos cuando abren sus regalos con ilusión y aún más si sonríen ampliamente porque les gustan. Pero no soporto algunas visitas de cortesía obligatorias que me veo obligada a hacer, no soporto las típicas preguntas corteses que en realidad luego sólo van a servir para cotilleos a las que tengo que contestar y detesto profundamente el tener que sonreír cuando lo que realmente me apetece es pirarme de donde estoy.
Esas cosas, entre otras algo más personales que aquí no vienen a cuento, son las que realmente me han hecho perder la poca ilusión que me quedaban por estas fechas. Eso sin contar que los valores de los que supuestamente se hace gala en estas fechas no son más que pura palabrería, y que lo correcto sería que esos valores estuvieran presentes todo el año y se acentuaran en estas fechas en las que lo importante se supone que es el ayudar a los demás, a aquellos que no tienen nada y que realmente lo necesitan.
En fin, para casi finalizar, decir que este año, sorprendentemente, he sido mucho más suave en mi declaración… ¿Antinavideña? O como lo queráis llamar. Normalmente soy más directa, malhablada, fría y dura, pero por algún extraño motivo este año este texto me ha salido más suave de lo que esperaba… O más bien de cómo sonó anoche en mi cabeza mientras se me ocurría.
Muchos pensareis al leer esto que soy una amargada. ERROR. Ni estoy amargada, ni sola ni resentida. Al contrario, tengo a mi familia, a mis VERDADEROS AMIGOS y a mi pareja, de hecho SOY FELIZ y eso es ya es más de lo que muchos pueden decir. Tampoco pretendo dar pena, amargar la fecha a nadie o ser un Eveneezer Scrooge moderno, en absoluto. Lo que me ocurre, damas y caballeros que por aquí pasáis vuestros ojos, es que estoy desarrollando una misantropía brutal a pasos agigantados gracias a la hipocresía y a la falsedad de la gente, que no es más que cobardía, ya que son incapaces de decir la verdad a la cara. La humanidad me da ASCO, me produce nauseas. Y conste que nadie debe sentirse ofendido ni darse por aludido, puesto que hablo en términos muy generales. Hay gente a la que sí aprecio y quiero y a las que profeso una profunda y sincera amistad. Y son personas en las que confío porque sé que a la hora de la verdad no se van a cortar un pelo en decirme a la cara cuáles creen que son mis fallos o cuando creen que estoy obrando mal. Así pues es la hipocresía, envidia y avaricia general que mueve al mundo, así como su poca preocupación por Mamá Naturaleza y su frialdad al ver cómo el mundo se va a la mierda por culpa de la humanidad lo que me produce esta aversión y esta actitud antisocial que cada día me resulta más evidente. No sé si ya he publicado aquí algo al respecto antes. Si no, quizás algún día lo haga.
Así pues, dejad de pensar que soy infeliz, porque para nada es así, es todo lo contrario. Pero cada día soporto menos las actitudes hipócritas y el que la gente diga y actúe de una manera delante de una y que cuando te das la vuelta y te alejas tres pasos digan y hagan lo diametralmente opuesto. Me extiendo demasiado ya.
En fin, que eso, Feliz Falsedad a todo el mundo. Disfrutad de la fiesta, la fecha, el almuerzo, la familia, los amigos, etc. Y la foto, pues como siempre, para que elijáis la que más os guste para que os den, pero con cariño, eso sí, “que es Navidad”.

